El pibe está solo. O al menos eso
cree y piensa. Se sienta en una mesa, con la copa a medio llenar, y su botella
de jugo de uva al costado. Los grillos cantan. Los escucha. Casi que
lo aturden. Las ventanas abiertas: 30 grados a la noche no son
fáciles de sobrellevar. Más aún sin no hay electricidad, aunque mucho no le importe. La luz de una vela le permite ver, y a la vez lo quema un poco.
Puede notar su sombra en la pared.
Más grande que él, claro.
Hace dos horas que lee y toma. Son
las 4 y los grillos se calman. El sonido intermitente se hace cada
vez más aletargado.
“Hola”, escuchó.
Inmóvil y entumecido, atinó a
mirar para todos lados y no tuvo resultados.
“Acá”, oyó.
La escena era, por lo menos, surrealista. Empezó a escuchar más
voces. Todos llamados. Nadie le decía algo concreto. Apagó la vela.
Fue a la pileta y se mojó la cara. Con la poca claridad que
provocaba la luna y que entraba por el ventiluz, se miró. Vio daños,
nada más. El sonido de los grillos volvía a aturdirlo.
Tomó su vaso. Dudó, pero se volvió
a sentar. Junto coraje y encendió la vela otra vez.
Quería terminar su botella de vino
para poder dormir más sereno y sin remordimientos en lo que quedaba
de noche. El miedo de ese momento valía para superar todo lo que siempre le venía después.
“Esta vela tiene algo”, pensó.
Su estado lo hacía delirar, o no, entre fantasmas, espíritus y
demás yerbas. Cuando la encendía transcurrían cosas que no podía
explicar, y eso lo volvía loco. Todo ocurría de una manera
distinta.
Los fantasmas, que estaban separados
y eran indiferentes los unos de los otros, se unían. Los sentía. No
era necesario que le dijeran algo.
Casi inmóvil, solo pudiendo mover su
brazo desde la mesa a su boca trasladando la copa, contemplaba su
pasado, su presente, y nada más.
Con su energía los espectros le
impedían mirar hacia adelante u aventurar un mañana. El vino y sus
fantasmas lo bloqueaban. Le impedían ir más allá de su copa.
¿Importarle? No, para nada. O al
menos en ese momento.
Cada noche la situación se resolvía de manera similar desde hace ya un tiempo. Si hay luz, la apaga, y utiliza la luna para ver
parte del living en donde suele acomodarse. Ya está acostumbrado.
Al terminar
los 750 centímetros cúbicos, se va a dormir. Tranquilo. Sin
tormentos. La próxima noche volverá a repetir la escena, con o sin
luz, con o sin velas. Con el pasado, con el presente, pero sin ver un
futuro.
