Haciendo un repaso en la
historia del oscuro y siempre enigmático proceso del corazón,
parecen no existir rastros, ni datos reales de personas que han
perdido sus vidas o dejado este mundo por una ausencia. Por un hueco
profundo del alma.
En contrapartida, suele ocurrir que
en esos momentos en que todo se vuelve nada y las cosas pierden
sentido, solemos sentir que nos “morimos de amor”.
Es digno y real reconocer que en esos momentos, cuando todo se vuelve negro, cuando ya no podemos abrazar aquellos brazos, ni sentir ese aliento que por un tiempo fue nuestro aire, el dolor duele y ningún remedio recetado puede sanarlo.
No existen especialistas en afectos,
ni doctores en penas, estamos solos y en guerra con lo mas primitivo
de nuestros seres.
Viajamos años luz en el libro de
nuestras vidas, exigiendo contención y caricias para un alma frágil
y un corazón lento de latidos y ciego de razones.
Dicen los sabios, o al menos los experimentados, que el tiempo cura y sana heridas y que es solo cuestión de esperar a que las aguas se calmen.
Pero cuando todo es reciente, las
brazas queman y el humo impide ver mas allá.
La realidad se tergiversa, el mundo
se acota a un yo y a un otro, y lo demás es solamente simple
escenografía de ese retrato.
Las voces confunden, aturden y
suelen incomodar. Esperamos una señal divina, un guiño del destino
que vuelque la historia a nuestro favor y borre de un plumazo tanta
angustia y a veces, o siempre, ese no suele acontecer.
Las
preguntas suelen visitarnos a diario, mientras que las respuestas se
ausentan en un letargo que parece infinito e irremediable.
Nos volvemos genios en el arte del
llanto y nos perfeccionamos en postgrados de la culpa y los reproches
propios, y a veces ajenos.
En conclusión, sentimos que la vida
se acaba, pero, ¿cuánto de verdad hay en eso? ¿Podemos morir de
amor? ¿Existen ejemplos de personas que supieron dejar su vida por
no tolerar tan insoportable estado?
Repito, experiencia de por medio,
que cuesta reconocer donde duele, no es el cuerpo el que reconoce la
perdida, sino el alma, y para eso aún parece no haber cura posible.
Haciendo de lado el ejemplo medieval de aquella chica del balcón y
su eterno enamorado, que enfrentados por cuestiones familiares
dejaron sus vidas en nombre del amor, no creo reconocer decesos
relacionados a los dolores del corazón, y si los hay, por más
cuestionamientos que pueda recibir, los repudio.
Soy un fiel convencido de que la vida te da y te quita en equilibrio. Y lo que por un lado se relega, por otro lado nace.
A la hora de hablar del amor, cuando
perdemos eso que tanto amamos y que en su ida se lleva a cuestas
también un porcentaje de nuestro ser, nos sentimos desnudos en medio
de la nada, con frío, y por momentos solos.
Pero esa suerte de soledad es cruel
consecuencia de la falta de ese alguien que nos supo acompañar hasta
allí.
Sentirnos carentes de ese otro, nos
deviene en una extraña y agria sensación de no tener nada. Allí,
afuera de todo y de todos, lejanos hasta de nosotros mismos, es vital
mirar alrededor y, aunque poco podamos ver, reconocer que la balanza
de la vida siempre es equitativa.
Sobran las manos ávidas de
caricias, los brazos para cobijar y las palabras para curar heridas.
Reconocer desde el dolor mas
profundo la existencia de seres fieles e incondicionales es difícil,
y a veces quizás imposible. Los ojos no logran ver la totalidad de la
escena y solo buscan a un protagonista que parece ya fuera de la
tira.
Mientras tanto, los actores de
reparto, firmes y de pie, desfilan como fantasmas y, sin esperar nada
a cambio, nos dan calma en nuestras noches y consuelo en las
mañanas.
Si bien el amor es un estado que todos aprendemos a
desarrollar, quizás algunos menos que otros, la forma de vivirlo es
sin dudas algo netamente particular y único de cada ser y sus
consecuencias también.
Sufrir por un amor trunco es parte
esencial de la vida, pieza fundamental de un aprendizaje y eslabón
básico de los procesos del crecer y el madurar.
Nadie agradece a un otro por el
dolor del alma pero, fuera de lo trágico de estos avatares, debemos
comprender que un tropiezo es consecuencia de un caminar.
El
día que aprendamos a liberar ese recuerdo y que su compañía no nos
impida seguir, estaremos orgullosos de poder convivir con ello.
Ese día con los ojos mojados y
hartos de lamentos entenderemos que si nos hemos cansado de llorar,
es porque en las lagrimas no encontraremos salida.
Ese día comenzaremos a andar un
nuevo camino. A soñar una vez mas con mañanas mejores.
Ese día, y sin darnos cuenta,
estaremos nuevamente en presencia de la ausencia del dolor.
Voces, solo voces.




